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2 de octubre de 2011

Un comentario acerca de la inteligencia parecida a la humana y el valor moral


Con frecuencia vemos noticias donde se informa que los científicos otra vez determinaron que los animales no humanos tienen ciertas características cognitivas que asociamos con la inteligencia humana. La implicación de esto es que, si los animales no humanos tienen una inteligencia parecida a la humana, entonces tienen un valor moral mayor. Cuanto “más inteligentes” son, en términos humanos, más moralmente valiosos son.

Este enfoque es problemático por varias razones:

Primero, no hay una relación lógica entre la posesión de inteligencia parecida a la humana y la moralidad de usar animales como recursos. La posesión de inteligencia parecida a la humana puede indicar que ciertos animales tienen intereses que otros animales pueden no tener. Los grandes simios no humanos, que ciertamente poseen inteligencia parecida a la humana en muchos aspectos, pueden tener intereses que los perros o los peces no tienen. Todos los seres sintientes tienen interés en no sufrir y en continuar viviendo y, necesariamente, estos intereses son frustrados al ser tratados como recursos humanos.

Proclamamos que la inteligencia humana es moralmente valiosa per se porque nosotros somos humanos. Si fuéramos aves, proclamaríamos que la habilidad para volar es moralmente valiosa per se. Si fuéramos peces, proclamaríamos que la habilidad de vivir bajo el agua es moralmente valiosa per se. Pero aparte de nuestras declaraciones, de obvio interés propio, no hay nada moralmente valioso per se acerca de la inteligencia humana.

Segundo, en la medida en que afirmamos que la inteligencia parecida a la humana es moralmente relevante, entonces necesariamente nos quedamos con la idea de que los humanos con mayor inteligencia son moralmente más valiosos que los humanos con menor inteligencia. Es verdad; no debemos tratar a todos los humanos de igual manera. Le pagamos mejor salario a un neurocirujano que a un conserje porque valoramos más las habilidades del cirujano. Pero incluso asumiendo que esta diferente asignación de recursos es legítima, ¿podríamos decir que el conserje es menos valioso que el cirujano a los propósitos de decidir quién debería ser usado como donante forzado de órganos o como participante no dispuesto a un experimento doloroso? Por supuesto que no. Para el fin de ser usado exclusivamente como un recurso para otros, ambos son iguales.

Y, a menos que nosotros queramos ser especistas, debemos concluir que todos los seres sintientes —humanos o no humanos— son iguales para los fines de no ser tratados como recursos.

Tercero, el juego de “los inteligentes” es uno que los animales no humanos nunca pueden ganar. Se nos hizo saber durante décadas que los grandes simios no humanos tienen inteligencia parecida a la humana, lo cual no debería asombrarnos dada la similitud genética entre los humanos y los grandes simios no humanos. No es probable que algún otro animal no humano pueda alguna vez exhibir mayor grado de inteligencia parecida a la humana. Y, sin embargo, continuamos explotando a los grandes simios no humanos —y a muchos otros primates no humanos— en todo tipo de maneras.

El "juego de los inteligentes” es sólo eso: un juego. Es también otra razón para no acordar hoy significancia moral a los animales a favor de más investigación tonta y dañina para determinar si los demás animales pueden resolver rompecabezas matemáticos y realizar otras tareas que no tienen relevancia moral.

Ya sabemos todo lo que necesitamos saber para arribar a la conclusión de que no podemos justificar el comer o usar animales que, como nosotros, son sintientes. Ellos son perceptivamente conscientes. Ellos tienen intereses en no sufrir y en continuar viviendo.

No se necesita nada más.

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Si no son veganos, por favor consideren hacerse veganos. Es fácil hacerlo; es mejor para su salud y para el planeta; y, lo más importante, es lo moralmente correcto para hacer.

Si son veganos, eduquen a todo aquel con quien entren en contacto respecto del veganismo, de una manera creativa y no-violenta.


16 de abril de 2009

Comportamiento moral y valor moral




Los humanos, usualmente, procuran justificar la opresión y explotación que hacen de los animales nohumanos, apuntando a supuestas diferencias empíricas. Una de las muchas diferencias que se alegan, es que los nohumanos, al contrario de los humanos, son incapaces de pensar o de actuar moralmente. Esto es, afirmamos que sólo aquéllos que pueden reconocer obligaciones morales para con los otros y actuar de acuerdo a las mismas pueden ser miembros de la comunidad moral y, dado que los nohumanos son supuestamente incapaces de tal conducta, estamos justificados para tratarlos como cosas sin importancia moral.

Este argumento es problemático, al menos por dos razones.

Primero; hay un problema simplemente de lógica. Vamos a suponer que tenemos dos humanos – uno normal y uno deficiente mental, incapaz de reconocer obligaciones para con los otros –. ¿Son diferentes estos dos humanos? Ciertamente. ¿Es relevante alguna diferencia entre ellos para determinar cómo debemos tratarlos? Sí, por supuesto. Si alguien es mentalmente deficiente y es incapaz de reconocer obligaciones, podemos no querer que participe en contratos legales obligatorios. Pero, ¿es relevante la diferencia, como para que determine si podemos tratar a ese humano como un sujeto sin consentimiento para realizar experimentos biomédicos, o como donante forzado de órganos, o exclusivamente como medios para nuestros fines en cualquier otro modo? Muchos de nosotros se horrorizarían ante la idea de que deberíamos usar humanos con deficiencia mental como sujetos en experimentos, donantes forzados de órganos o esclavos. Reconocemos la completa irrelevancia de esa discapacidad para la cuestión de la moralidad de explotar esos humanos como recursos para humanos “normales”.

Segundo; hay un problema de hecho empírico. ¿Es verdad que sólo los humanos tienen capacidad de reflexión moral y de acción moral? Hay innumerables ejemplos de relatos de animales de muchas especies que arriesgan su propia seguridad física a fin de ayudar a otros –conducta que consideramos de alto valor moral–. Los perros entran en casas en llamas para salvar a humanos; los mapaches arriesgan su propia seguridad para ayudar a otros mapaches que están ciegos; los primates no humanos cautivos en zoológicos actúan de manera de proteger a los humanos que se han caído dentro de los recintos del zoológico.

Uno de estos ejemplos me llegó a través de los estudiantes del curso de derechos humanos/derechos animales que Anna Charlton y yo enseñamos en Rutgers University. En Chile, un perro arriesga su propia vida para ayudar a otro perro que ha sido golpeado por un auto. No estoy diciendo que el perro se sentó allí, y ponderó sus obligaciones morales antes de actuar, en el mismo sentido en que nosotros lo haríamos. ¿Y con eso qué? El perro actuó de un modo altruista. Esta conducta no puede ser menospreciada con la explicación de que se trata de algún tipo de “instinto” o un comportamiento en interés propio. El perro clara y deliberadamente adoptó una conducta que representaba un grave riesgo para su vida.

Y los humanos, que son supuestamente “especiales” porque, a diferencia del perro, son seres morales, ni siquiera se preocuparon de parar sus automóviles o de disminuir su velocidad.



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