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8 de noviembre de 2014

Más acerca de Michael Vick, Andre Robinson y los "abusadores de animales"


A menudo veo a gente diciendo que la diferencia entre los "abusadores de animales", como Michael Vick y Andre Robinson, y los no-veganos es que Vick y Robinson infligieron sufrimiento a los animales porque disfrutaban haciendo daño a los animales mientras que los no-veganos sólo disfrutan el sabor de los productos de origen animal pero no desean hacer daño a los animales. Esta diferencia, según dicen, hace que yo esté equivocado al decir que los no-veganos son moralmente indistinguibles de la gente como Vick y Robinson.

Eso es un pensamiento erróneo.

En primer lugar, hay muchos no-veganos que disfrutan con el hecho de matar animales. Se les denomina cazadores. Esta gente son en todos los sentidos —moral y psicológicamente— idénticos a Vick, Robinson y a cualquiera que disfrute con la actividad de causar daño a los animales.

¿Pero qué pasa con los no-veganos que no cazan y que sólo compran productos de origen animal en las tiendas y mercados?

Para comprender su estatus, consideremos las siguientes situaciones:

Situación #1: John mata a Sam con sus propias manos y disfruta en el proceso de matarlo.

Situación #2: Mike necesita que Morty muera para obtener un beneficio económico —Mike conseguiría ganar algún dinero— pero a Mike le entristece esta situación porque le agrada Morty y aborrece la violencia. No obstante, necesita que Morty muera, por lo que paga a Dan para que mate a Morty. Mike disfruta del resultado de que Morty haya muerto pero no disfruta con el proceso de causar daño a Morty.

Podría haber una distinción psicológica entre John y Dan por un lado y Mike por el otro; pero no hay una diferencia moral. La equivalencia moral se refleja en las normas legales: John y Mike son igualmente condenados como asesinos.

Una vez que comprendemos que los productos de origen animal implican sufrimiento y muerte y que no necesitamos comer animales para estar sanos, continuar pagando a otros para imponer sufrimiento y muerte a los animales nos hace moralmente indistinguibles de Vick, Robinson, y otros que consideramos como "abusadores de animales".

18 de abril de 2012

Una Reflexión Sobre Mitt Roomney y Seamus, Michael Vick y Las Peleas de Perros, y El Consumo de Animales




No Te Preocupes Por Obama; Preocúpate Por Seamus

Mitt Romney, el pretendido candidato del Partido Republicano para la presidencia, tiene algo más de lo que preocuparse que la falta de entusiasmo por su candidatura.

Romney tiene que preocuparse por Seamus.

Seamus fue el setter irlandés de Romney, a quien Romney metió en una jaula para perros y encerró en el maletero de su vagoneta durante un viaje de 12 horas a Canadá en 1983. Al parecer, Seamus defecó en la jaula, seguramente porque estaba aterrado. Romney se detuvo en una gasolinera, lavó a Seamus con una manguera y lo volvió a encerrar en la jaula para continuar el viaje. Según cuentan  los hijos de Romney, Seamus se escapó en cuanto la familia llegó a Canadá.

Y resulta que ahora todo el mundo ya no está hablando sobre las propuesta políticas de Romney sino acerca de lo que le hizo a Seamus.

Podemos perdonar casi cualquier cosa, pero no podemos perdonar el daño intencionado a los animales sin que haya una buena razón que lo justifique. Parafraseando una famosa cita de Gandhi: "La grandeza moral de un candidato presidencial puede juzgarse por la manera en que trata a su perro."

No es la primera vez que hay una polémica sobre el trato que alguien da a su perro.

¿Recuerdan A Michael Vick?

La mayoría de la gente recuerda la controversia sobre el quaterback de los Atlanta Falcons Michael Vick y su participación en la organización de peleas de perros en su propiedad de Virginia. El asunto fue difundido sin descanso por los medios de comunicación durante semanas cuando salió a la luz en 2007 y, de nuevo, cuando Vick salió de prisión en 2009 y firmó con los Philadelphia Eagles. Vick continúa saliendo en las noticias y está claro que la gente sigue furiosa contra él.

¿Por qué?

La respuesta es simple: Porque Vick hizo una cosa terrible; él provocó sufrimiento y muerte a unos perros sin una buena razón. Vick disfrutaba con el "espectáculo" de unos perros peleando, pero eso no justifica lo que hizo.

¿Por qué no?

De nuevo, la respuesta es simple. Aunque hay un gran desacuerdo sobre cuestiones morales, nadie está en desacuerdo con la idea de que está mal infligir sufrimiento innecesario a un animal. Necesitamos una buena razón para infligir sufrimiento a un animal. Podemos disentir acerca de si existe una necesidad en determinada situación, pero todos estamos de acuerdo en que la diversión o el placer no son una necesidad ni constituyen una buena razón. Esto forma parte de nuestra moralidad convencional.

El problema es que comer animales no es, desde el punto de vista del análisis moral, diferente a las peleas de perros.

Matamos y comemos a más de 56 mil millones de animales cada año en el mundo, sin contar a los animales marinos. Nadie duda de que utilizar animales para comida les conlleva un sufrimiento terrible. Así que apliquemos el análisis sobre el que todos estamos de acuerdo hasta ahora: ¿tenemos una buena razón para justificar ese sufrimiento? ¿Hay algo implicado en esta cuestión que pueda ser considerado razonablemente como una necesidad?

La respuesta breve es no.

No necesitamos comer animales. Nadie mantiene que es biológicamente necesario comer productos animales. La conservadora Asociación Americana de Dietética reconoce que "las dietas vegetarianas correctamente planificadas, incluyendo las dietas veganas, son saludables y nutricionalmente adecuadas y pueden proveer beneficios para la salud en la prevención y tratamiento de determinadas enfermedades." La corriente médica predominante señala frecuentemente que los productos animales no son buenos para la salud humana. Pero tanto si estás o no de acuerdo con ellos, no hay ciertamente ningún argumento que demuestre que los productos animales son necesarios para tener una buena salud.

También hay un consenso acerca de que la ganadería es un desastre ecológico. Se requieren muchos kilos de grano y muchos litros de agua para producir un kilo de carne. Se necesita un mayor gasto de recursos para producir la misma cantidad de comida derivada de animales para una persona que el que se necesita para producir la misma cantidad de comida para un vegano. La ganadería es la mayor causante del calentamiento global y es responsable de contaminación, deforestación, erosión del suelo y toda clase de consecuencias indeseables para el medio ambiente. Y anticipando las objeciones que dicen que los productos vegetales no son asequibles para quienes tienen menos medios económicos, resulta que una dieta de frutos, verduras, cereales y legumbres es menos costosa que una dieta que incluya productos animales.

Por tanto, ¿cuál es la mejor justificación que podemos argüir para el sufrimiento que imponemos a los animales que comemos?

La respuesta es: ellos saben bien. Disfrutamos paladeando cadáveres de animales y sus secreciones. Nos resulta cómodo consumir animales. Pero no hay nada aquí que se ajuste remotamente a la necesidad.

¿Hay algo diferente con lo que hizo Michael Vick? La respuesta: no lo hay. Vick disfrutaba viendo peleas de perros. Los demás nos sentamos a la mesa en una barbacoa de cadáveres de animales que han sido tratados igual de mal que los perros de Vick.

No funciona alegar que Vick participaba directamente en las peleas de perros y que nosotros simplemente compramos productos animales en la tienda. Disfrutamos con el resultado del sufrimiento animal, pero, a diferencia de Vick, no disfrutamos en realidad con todo el proceso que implica la matanza de animales. Como cualquier estudiante de Derecho en su primer año podría decirte, si John tiene aversión a la violencia pero quiere que Joe muera y paga a Sally para hacer ese trabajo, John es culpable de asesinato. El hecho de que paguemos a otros para producir carne y demás productos animales no nos exime de ninguna responsabilidad legal o moral. Aunque haya una diferencia psicológica entre pedir un filete y obtener placer viendo peleas de perros, una vez que comprendemos que la tortura y muerte de los animales que comemos no puede ser justificada excepto apelando al placer o la conveniencia, la diferencia psicológica no conlleva ninguna diferencia moral.

¿Pero Somos Una Sociedad "Humanitaria", No?

Así que, ¿cuál es el problema? ¿Por qué continuamos participando en infligir sufrimiento a millones de animales sin una buena razón que lo justifique?

Una buena respuesta sería que debido a queremos continuar consumiendo productos animales, nos engañamos a nosotros mismos creyendo que la solución a este problema moral no requiere que dejemos de consumir productos animales —sólo requiere que criemos y matemos a los animales de forma "humanitaria".

Esta forma de verlo se remonta a 200 años atrás cuando los reformistas británicos, tales como el filósofo y abogado Jeremy Bentham, postularon la idea de que nuestras obligaciones morales respecto de los animales no dependían del hecho de que fueran racionales, pudieran hablar, o tuvieran alguna característica mental "especial" que consideramos exclusiva de los humanos. En realidad, la única cosa que tiene importancia es que los animales pueden sufrir y nadie, exceptuando quizás a Descartes, dudaba que los animales son sintientes o conscientes y pueden de hecho sufrir. Bentham argumentó que dado que los animales pueden sufrir, tenemos la obligación de reconocer el valor moral de ese sufrimiento.

Bentham no dudaba de que los animales que usamos para comida sufren terriblemente. Sin embargo, él no postulaba que dejáramos de comer animales. Según Bentham, los animales no son auto-conscientes; a ellos no les importa si los usamos y matamos mientras que no sufran en el proceso. Por tanto, podemos continuar usando y matando animales en tanto que los tratemos razonablemente bien y los matemos de forma relativamente indolora.

Y así fue como nació el movimiento bienestarista, cuya premisa central dice que es moralmente aceptable usar animales siempre que los tratemos "humanitariamente" y no les impongamos sufrimiento "innecesario". Esta actitud moral se reflejó rápidamente en leyes anti-crueldad en ambos lados del Atlántico, y, consiguientemente, en el resto del mundo. Y la mayoría de nosotros permanecemos en este paradigma decimonónico: aceptamos la idea de que es moralmente aceptable usar y matar animales porque a ellos no les importa si los usamos y matamos. Pero tenemos la obligación moral de tratar a los animales "humanitariamente".

Hay, al menos, dos problemas serios respecto de esa idea.

Carne "Feliz" Y La Tortura De Ahogamiento Simulado

El primer problema es de índole práctica: la idea de que podemos tratar a los animales "humanitariamente" es una fantasía. Esto no puede realizarse en la práctica.

Los animales son propiedad. Ellos son considerados cosas. Y el problema de ser considerado una cosa es que no tienes un valor inherente o intrínseco. Los animales son recursos económicos; tienen un valor comercial. La propiedad animales es, por supuesto, diferente de las otras cosas que poseemos en tanto que los animales son sintientes y tienen un interés en no padecer dolor y sufrimiento y en satisfacer esos intereses que son propios de su especie. Pero cuesta dinero proteger los intereses de los animales. En general, gastamos dinero para proteger los intereses de los animales sólo cuando está justificado como cuestión económica —sólo cuando obtenemos un beneficio económico de ello.

Las leyes anti-crueldad supuestamente obligan a un trato "humanitario" pero estas leyes por lo general hacen una excepción en aquellas prácticas de la industria que se consideran "normales" o "habituales", o, si esas prácticas no están exentas, los tribunales interpretan que el dolor y el sufrimiento impuesto por la industria es "necesario" y "humanitario". Esta posición está basada en el postulado de que quienes producen productos animales —desde los criadores hasta los granjeros y operarios del matadero— no impondrán más daño a los animales del que es necesario para producir un determinado producto así como el propietario de un automóvil no usaría un martillo sobre su coche si no fuera por una buena razón.

Los estándares del bienestar animal se han rebajado considerablemente en las últimas décadas. Estamos usando más animales hoy en día y tratándolos peor que nunca en toda la historia. La granja familiar idílica —en la que, de todos modos, se causaba dolor y sufrimiento— ha sido abandonada y reemplazada por la granja industrial, en la que cerdos, vacas, pollos y peces son mantenidos en condiciones deplorables y sometidos a confinamientos y mutilaciones, llevando vidas miserables desde que nacen hasta que mueren.

Hay una creciente toma de conciencia acerca de estas horribles condiciones, pero la solución propuesta por la mayoría de los animalistas es mejorar las condiciones de bienestar. Peter Singer, autor de "Liberación Animal" y considerado por muchos como el "padre del movimiento de derechos animales" está de acuerdo con Bentham en que es moralmente aceptable usar animales si les proporcionamos unas vidas razonablemente placenteras y unas muertes relativamente indoloras.

Escritores conocidos como Jonatham Safran Foer, Michael Pollan, Sarah Palin, Mathew Scully y una larga lista de celebridades, estrellas y ambientalistas se han unido a Singer en su condena a las granjas industriales y en su petición de que haya jaulas más grandes, mejores condiciones de bienestar y modificaciones leves en esos horribles procesos. Las organizaciones de protección animal promueven la carne "feliz" y sellos de calidad que supuestamente garantizan que los animales, cuyos cadáveres y secreciones componen esos productos, fueron bien tratados.

Pero nadie está engañando a nadie aquí. Los animales criados de la forma más "humanitaria" son tratados y matados de una forma que sería considerada tortura si fuera aplicada a los humanos. Los estándares requeridos para certificar esos sellos "humanitarios" son análogos a la tortura de ahogamiento simulado en Guantánamo; puesto que hay una mínima diferencia entre los huevos de batería y los huevos "libres de jaulas" que suponen en realidad que miles de aves son encerradas en una sola y enorme jaula.

Lo que está claro es que aunque podemos distraernos con el mito de los productos animales "felices" o "humanitarios", los estándares de bienestar siempre serán miserables porque los animales son propiedad y porque cuesta dinero proteger los intereses de los animales.

Comer Gente Con Amnesia

El segundo problema con la posición del bienestar animal es teórica; reside en la idea —que reconoceríamos inmediatamente como algo completamente desquiciado si no estuviéramos empeñados en comer animales— de que a los animales no les importan sus vidas; ellos no tienen un interés en continuar viviendo, sino que sólo tienen un interés en no sufrir.

¿Por qué Bentham creyó semejante tontería hace 200 años? ¿Por qué Singer —y muchos de nosotros— seguimos creyendo tal cosa?

Creemos que los animales viven en un "eterno presente", que no tienen memoria del pasado ni pensamientos acerca del futuro porque no hacen planes sobre sus vacaciones ni piensan sobre qué película verán el fin de semana.

Todos los que hemos convivido con otros animales reconoceremos seguramente que esa idea es manifiestamente errónea. Nosotros vivimos con cuatro perros rescatados y la idea de que ellos no son conscientes de sí mismos y que no tienen memoria ni deseos para el futuro es tan absurda como creer que no tienen orejas. Todo lo que tenemos que hacer es observarlos. No se puede explicar su conducta sin atribuirles cierto sentido de consciencia.

Pero no nos atasquemos en la cuestión de determinar la naturaleza de la mente de los animales. En tanto que somos los únicos animales que usamos comunicación simbólica, nunca podremos comprender cómo es ser un murciélago, una vaca u otro animal. Asumamos que los animales son conscientes y pueden sufrir pero que viven en un "eterno presente":

¿Y qué?

Hay seres humanos que padecen alguna forma de amnesia en la que tienen un sentido del yo radicado únicamente en el presente. No tienen memoria ni pueden hacer planes de futuro. ¿Es moralmente relevante esa condición? Podría serlo. Una persona así no podría estar capacitada para ser profesor de historia. ¿Pero podríamos decir que esa persona no tiene interés en continuar viviendo y que la muerte no supone un daño para esa persona?

Seguramente no.

Entonces, ¿por qué suponemos que es así para los animales? La respuesta breve es: porque queremos comer animales y no queremos comer humanos con amnesia. Nos convencemos de que la muerte no supone un daño para los animales y que todo se limita a hacerlo "humanitariamente". Pero no podemos hacerlo "humanitariamente" y, en cualquier caso, la muerte supone un daño que no debemos imponer —sin importar cuán "humanitaria" sea el método de ejecución— sin una buena razón que lo justifique.

El placer no es una buena razón. Por esto es por lo que nos enojamos con Vick. La conveniencia no es una buena razón. Esto es por lo que estamos disgustados con Romney por no haber tratado correctamente a Seamus. Y esto es por lo que tenemos que superar el mito de los productos animales "felices" o "humanitarios" y reconocer que no podemos justificar el uso de animales para comida. Debemos preocuparnos por los animales que hemos traído a la existencia, pero debemos detener la cría de animales para consumo.

Por un lado, esto es una conclusión radical. Por otro lado, no tiene nada de radical; esto fluye a partir de ideas morales que todos ya aceptamos. Lo que llama la atención es que una especie que se enorgullece de su racionalidad haya permitido que el deseo de comer animales nuble nuestro juicio hasta el punto de que podemos criticar —e incluso odiar— a Vick, o considerar que Romney hace algo distinto de lo que hacemos todos.

Nos entregamos a toda clase de ideas desquiciadas para intentar justificar nuestro consumo diario de animales y la imposición de sufrimiento y muerte que esto conlleva.

Pero el problema es que sólo son eso: ideas desquiciadas.


6 de abril de 2011

Lo que Michael Vick nos enseñó



Lo que sigue es una versión editada del texto de mi presentación en Hobart y William Smith Colleges, el 31 de marzo de 2011, como Conferencista Distinguido Foster P. Boswell en Filosofía del 2011.

LO QUE MICHAEL VICK NOS ENSEÑÓ



¿Recuerdan a Michael Vick?

¿Recuerdan toda la conmoción con el quarterback del Atlanta Falcons, Michael Vick, y su participación en un operativo con peleas de perros, en una propiedad que él tenía en Virginia?

Por supuesto que la recuerdan.

Mejor sería preguntar si hay alguien en el planeta que no recuerde este asunto, que fue cubierto por los medios sin cesar durante semanas, desde que apareció en 2007 y, nuevamente, cuando Vick salió de prisión en el 2009 y firmó con el equipo Philadelphia Eagles. Vick continúa estando en las noticias regularmente. En marzo de 2011, llegó a ser reconocido como un “héroe” por una organización de arte en Virginia, y hubo tal controversia acerca de la cuestión que Vick no asistió a la ceremonia. Las personas realmente estaban furiosas con Vick y muchas aún lo están. Hay fanáticos del fútbol americano que boicotean a los Eagles por causa de Vick.

¿Por qué?

La respuesta es simple: porque Vick hizo una barbaridad; hizo sufrir y morir a perros por ninguna buena razón. Vick puede haber disfrutado del “deporte” de las peleas de perros, pero eso simplemente no fue una razón suficientemente buena para lo que él hizo.

¿Por qué no?

De nuevo, la respuesta es simple. Aunque hay un enorme desacuerdo respecto de los temas morales, nadie está en desacuerdo con la noción de que es erróneo infligir sufrimiento o muerte innecesarios a un humano o a un animal. Necesitamos una buena razón para infligir sufrimiento o muerte a un humano o a un animal. Podemos estar en desacuerdo respecto de si existe necesidad en una situación dada y de lo que constituye una buena razón, pero todos concordaríamos en que el disfrute o el placer no pueden constituir necesidad o servir como una buena razón. Es parte de nuestra sabiduría moral convencional.

Consideren un ejemplo en el contexto humano. Si una persona dijo que cree que es moralmente erróneo infligir sufrimiento innecesario a los niños pero que pegar a los niños por placer es moralmente aceptable, estaríamos comprensiblemente confundidos. Si el disfrute puede bastar como una buena razón para pegar a los niños, entonces no hay ninguna mala razón para pegar a los niños. El principio de que está mal infligir sufrimiento innecesario en los niños no significaría nada.

El mismo análisis se aplicaría si habláramos de alguien que le pega a un perro en vez de pegar a un niño. Nadie discreparía en que pegar a un perro por placer es moralmente equivocado. Y esto es precisamente la razón por la que todos objetamos lo que hizo Michael Vick; él no tiene una buena razón para hacer lo que hizo.

Bien, todos somos Michael Vick

El problema es que comer animales, como cuestión de análisis moral, no es diferente de las peleas de perros.

Matamos y comemos más de 56 mil millones de animales por año en el mundo, sin contar a los peces. Nadie duda de que usar animales para comida conlleva sufrimiento; incluso bajo las mejores y más “humanitarias” circunstancias, conlleva sufrimiento y muerte. Así que apliquemos el análisis con el que todos concordábamos recién sin controversia: ¿tenemos una buena razón para este sufrimiento y muerte? ¿Hay algo que, de forma convincente, pueda ser considerado como una necesidad?

La respuesta breve es: no.

No necesitamos comer animales. Nadie sostiene que es fisiológicamente necesario comer productos animales. La prestigiosa Asociación Americana de Dietética reconoce que las dietas veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden proveer beneficios a la salud en la prevención y tratamiento de ciertas enfermedades.

Los médicos de la corriente mayoritaria señalan, cada vez con más frecuencia, que los productos animales son perjudiciales para la salud humana. Pero tanto si ustedes concuerdan o no con ellos, ciertamente no hay ningún argumento que sostenga que los productos animales son necesarios para una óptima salud.

La FAO sostiene que la cría de animales para comida contribuye más a la emisión de gas de efecto invernadero en la atmósfera —lo cual está relacionado con el calentamiento global—, que la combustión de petróleo para el transporte. La cría de animales para comida es responsable de la contaminación del agua, la deforestación, la erosión del suelo, y toda una suerte de desgraciadas consecuencias medioambientales. De nuevo, ustedes pueden cuestionar todo esto, pero ni el más loco negador del calentamiento global diría que la cría de animales para comida está haciendo algo bueno para el medioambiente.

Así que, finalmente, ¿cuál es la mejor justificación que tenemos para imponer sufrimiento y muerte a 56 mil millones de animales por año para comida?

La respuesta: ellos tienen buen sabor. Disfrutamos el sabor del cuerpo y de los productos animales. Encontramos que comer alimentos animales es conveniente. No hay nada en esto que se asemeje remotamente a la necesidad.

¿En qué es esto diferente de Michael Vick?

La respuesta: no es diferente. A Vick le gustaba sentarse alrededor del reñidero a ver pelearse a los animales. Al resto de nosotros nos gusta sentarnos alrededor de la parrilla donde se asan los cuerpos de animales que han sido tratados tan mal, sino peor, que los perros de Vick.

En el 2009, cuando Vick firmó con los Eagles, alguien me dijo que, aunque era un gran fanático de los Eagles y continuaría asistiendo a sus partidos, él ya nunca podría disfrutar mirando jugar a Vick debido al tema de las peleas de perros. Le pregunté si comía salchichas y hamburguesas cuando asistía a los partidos de fútbol. Me contestó que sí. Le señalé que los animales usados para hacer los productos que él disfrutaba tenían vidas y muertes tan malas como las de los perros de Vick.

Él no tuvo una respuesta porque realmente no hay nada que decir.

No funciona afirmar que Vick participó directamente en peleas de perros y que nosotros simplemente compramos productos en los negocios; que disfrutamos el resultado del sufrimiento y muerte de los animales, pero que, a diferencia de Vick, no disfrutamos del proceso real del sufrimiento y la muerte. Como cualquier estudiante de primer año de derecho les dirá, si Mike tiene una aversión a la violencia pero quiere que Joe muera y contrata a Sally para que apriete el gatillo, Mike sigue siendo culpable de asesinato. El hecho de que paguemos a otros para imponer sufrimiento y muerte a los animales no nos saca del aprieto moral más que lo que lo haría del aprieto legal.

No funciona decir que comer animales es una tradición. Las peleas de perros son una tradición también. Y, por cierto, lo mismo es el sexismo, el racismo, y lo mismo respecto de cualquier otra forma de discriminación. La tradición, como el placer, es una razón inadecuada para imponer daño a cualquier otro.

Pero somos una sociedad “humanitaria”, ¿verdad?

Entonces, ¿qué es lo equivocado? ¿Por qué continuamos participando en la imposición de sufrimiento y muerte a miles de millones de animales cuando no tenemos una buena razón para hacerlo?

Una buena parte de la respuesta es que, debido a que queremos continuar consumiendo productos animales, nos engañamos a nosotros mismos al pensar que la solución al problema moral no requiere que dejemos de comer animales; que sólo requiere que los tratemos y matemos de una manera “humanitaria.”

Esta opinión data de unos 200 años atrás, cuando los reformadores sociales británicos, tales como el filósofo y abogado Jeremy Bentham, argumentaron que nuestras obligaciones morales para con los animales no dependían de si ellos eran racionales, de si podían hablar o tener otras características “especiales” que pudiéramos considerar como exclusivas de los humanos. Más bien, la única cosa que importaba era que los animales podían sufrir y que nadie –con la posible excepción de Descartes− dudaba de que los animales eran sintientes, o perceptualmente conscientes, y podían, verdaderamente, sufrir. Bentham argumentó que, debido a que los animales podían sufrir, teníamos una obligación directa hacia los animales de dar peso moral a ese sufrimiento.

Bentham no dudó en absoluto de que los animales que usamos para comida sufrían muchísimo. Sin embargo, él no abogó para que dejáramos de comer animales. ¿Por qué? Porque, de acuerdo con Bentham, los animales no son auto-conscientes; no les importa si los matamos y comemos o usamos para leche, huevos,.... A ellos simplemente les importa cómo los tratamos mientras están vivos, y cómo los matamos cuando llega el momento y de esta manera, no era necesario detener el uso de animales; sólo era necesario tratarlos razonablemente bien.


Y así nació el movimiento de bienestar animal, cuya premisa central es que es moralmente aceptable para nosotros el uso de los animales siempre y cuando los tratemos “humanitariamente” y no les impongamos un sufrimiento “innecesario.” Este sentimiento moral pronto encontró expresión en las leyes anti-crueldad a ambos lados del Atlántico y, eventualmente, en la mayor parte del mundo.


Y la mayoría de nosotros estamos enquistados en este paradigma decimonónico: reconocemos que nuestro uso de los animales suscita profundos problemas morales, pero nos confortamos con el pensamiento de que tratamos a los animales “humanitariamente,” así el uso que hacemos de ellos es moralmente aceptable.

Sin embargo, hay al menos dos serios problemas con este punto de vista.

Tratamiento “humanitario”: Torturando a los animales amablemente


El primer problema es que el enfoque del bienestar animal simplemente no funciona como una cuestión empírica. Dada la realidad económica, esto no puede funcionar.

Los animales son propiedad. Son considerados cosas. Y todo el sentido de ser una cosa reside en que las mismas no pueden tener valor inherente o intrínseco. Los animales son mercancías; tienen un valor de mercado. La propiedad sobre los animales es, por supuesto, diferente de otras cosas que poseemos en el sentido de que los animales, a diferencia de los autos, las computadoras, las máquinas u otras mercaderías, son seres sintientes y tienen intereses. Todos los seres sintientes tienen intereses en no sufrir dolor u otras privaciones y en satisfacer esos intereses, que son específicos para cada especie. Pero proteger los intereses de los animales cuesta dinero. En general, gastamos dinero para proteger los intereses de los animales sólo cuando está justificado hacerlo por una cuestión económica —sólo cuando se deriva un beneficio económico de hacerlo.

Consideren la Humane Slaughter Act [Ley de Matanza Humanitaria] de los EE.UU., promulgada originalmente en 1958, la cual requiere que los animales de gran tamaño matados para comida, sean aturdidos y no estén conscientes cuando son engrillados, alzados y tomados del suelo de matanza. Esta ley protege los intereses que tienen los animales al momento de la matanza, pero lo hace así, en gran medida, porque es económicamente beneficioso hacerlo. Los animales de tamaño grande que están conscientes y colgando hacia abajo, y que son destrozados mientras son matados, causarán heridas a los trabajadores de los mataderos, y acarrearán daños costosos a los cadáveres. Por lo tanto, aturdir a los animales grandes es económicamente muy comprensible. Estos animales tienen muchos otros intereses a lo largo de sus vidas, incluyendo el interés en evitar el dolor y el sufrimiento en muchos otros momentos además del momento de la matanza, pero estos intereses no son protegidos porque no es económicamente eficiente hacerlo.


Virtualmente, todas las leyes de bienestar animal encajan en este paradigma. Protegen intereses animales seleccionados y el efecto de proteger estos intereses es hacer que la producción sea más eficiente.


Las leyes anti-crueldad, supuestamente, exigen el tratamiento “humanitario”, pero estas leyes, generalmente, no eximen, explícitamente, lo que se considera como práctica “normal” o “acostumbrada” del uso institucionalizado de los animales o, si las prácticas no son eximidas, los tribunales interpretan como “necesarios” y “humanitarios.” al dolor y la muerte impuestos según esas prácticas. Esto es, la ley delega en la industria la determinación del cuidado “humanitario” estándar. Esta deferencia está basada en la asunción de que aquéllos que producen productos animales —desde los criadores a los granjeros hasta los trabajadores de los mataderos— no impondrán más daño a los animales que lo que exija producir un determinado producto, de la misma manera que un dueño racional de un auto no tomaría un martillo para abollar su auto sin razón alguna.


El resultado es que el nivel de protección para los intereses de los animales está ligado a lo que se requiere para explotar a los animales de un modo económicamente eficiente. Las normas de bienestar animal generalmente incrementan la eficiencia de la producción y no la disminuyen, dado que protegemos sólo esos intereses que producen beneficios económicos.


Las normas de bienestar animal, de hecho, han fracasado dramáticamente en las décadas recientes. Estamos usando hoy más animales y estamos tratándolos peor que en ninguna otra época. La idílica granja familiar —donde, por cierto, hay muchísimo dolor y sufrimiento— se ha desvanecido, y ha sido reemplazada por la cría intensiva –“granjas industriales”− donde las vacas, los cerdos, los pollos y los peces son mantenidos en condiciones de hacinamiento, sujetos a confinamiento y mutilaciones graves, y donde llevan generalmente vidas miserables desde el momento en que nacen hasta el que mueren.

Pero el movimiento de los “derechos animales”, en vez de focalizar en el simple hecho moral de que usar animales para comida es totalmente inconsistente con lo que decimos que creemos acerca de nuestras obligaciones morales hacia los animales, adoptó con entusiasmo la posición de Bentham de que a los animales no les importa que los usemos, sino que sólo les importa cómo los usemos y que la solución es simplemente hacer mejores normas de bienestar animal.


El filósofo australiano Peter Singer, autor de «Liberación Animal», considerado por muchos como el “padre del movimiento de los derechos animales”, es también el patriarca de otro movimiento: el movimiento de la carne y los productos animales “felices”. Singer, al igual que Bentham, sostiene que la mayoría de los animales no tienen interés en continuar viviendo, y que es moralmente aceptable matarlos siempre y cuando lo hagamos en un modo relativamente indoloro. Singer critica las granjas industriales y argumenta que deberíamos mejorar las normas de bienestar animal, de manera de criar animales de un modo razonablemente placentero y matarlos de una manera relativamente indolora.


Escritores populares como Jonathan Safran Foer, Michael Pollan y una interminable desfile de celebridades y medioambientalistas se unen a Singer condenando las granjas industriales y exigiendo jaulas más grandes, condiciones de “campo libre”, y lo que son, en el grandioso orden de las cosas, modificaciones mínimas de un proceso más horrible.


Las grandes organizaciones de bienestar animal promueven varias etiquetas de carne “feliz”, lo cual supuestamente garantiza que los animales cuyos cuerpos o productos tienen una etiqueta determinada, fueron tratados mejor. Estas organizaciones animalistas se asocian con los grandes explotadores institucionales de los animales, y hacen campaña para someter a votación iniciativas que requieren que en un determinado momento, en el futuro lejano, los animales consigan un poquito más de espacio en sus atestadas prisiones, o consigan algún otro supuesto beneficio de bienestar que, en muchos casos, resultará, de hecho, en un beneficio económico para sus productores.


Los animales más “humanitariamente” criados son tratados y matados en circunstancias que constituirían tortura si se tratara de humanos. Las regulaciones requeridas para conseguir certificaciones “felices” son insignificantes; son análogas a los requerimientos de almohadillas para la simulación de ahogo en Guantánamo, o paredes pintadas muy lindas o música agradable en una cámara de tortura. Hay poca diferencia entre las jaulas en batería convencionales y los huevos provenientes de “jaulas libres”, donde miles de aves son, de hecho, hacinadas en una gran jaula. Y las compañías que han sido certificadas por el uso de al menos una etiqueta “feliz”, ya han sido descubiertas por violar incluso estas mínimas normas de certificación.


Todo esta conversación acerca de los productos animales “felices” es acerca de nosotros; se trata de evitar que nosotros nos demos cuenta de que todos somos Michael Vick. Pero realmente no tiene nada que ver con los animales. Ellos continúan sufriendo horriblemente, independientemente de qué etiqueta “feliz” esté puesta encima de sus cuerpos o de los productos que hacemos con ellos. La afirmación de Singer y otros defensores de animales de que es moralmente aceptable consumir carne o huevos o leche “felices” es el equivalente moderno de vender indulgencias.


Ciertamente, es posible en teoría que todos podríamos estar dispuestos a pagar mucho más por los productos animales, y que las normas podrían mejorar de modos significativos. Pero eso es sólo teoría. Muy pocas personas podrían afrontar el precio de los productos animales que fueran producidos de un modo que proveyera significativamente más protección a los intereses de los animales, y cualquiera que se preocupara lo suficiente como para pagar ese costo significativamente más alto, se preocuparía probablemente lo suficiente como para no comer ningún producto animal en absoluto.


Más aún, dada la realidad económica y las reglas del “libre” comercio, incluso si las normas bienestaristas se alcanzaran significativamente en un lugar, la demanda por los productos de menor costo, de menor grado de bienestar animal, forzarían a los productores de normas de más alto grado de bienestar a salir del negocio, excepto, quizás, para servir a un muy pequeño y acomodado nicho de mercado. La realidad es que, dado que los animales son propiedad, las regulaciones bienestaristas necesariamente permanecerán muy abajo. Y dado que continuamos con nuestro uso institucional de los animales para comida, ellos deben permanecer como propiedad.


Comer gente con amnesia

El segundo problema con la posición del bienestar animal es que se apoya en la noción —que todos de inmediato reconoceríamos como completamente absurda si no estuviéramos tan comprometidos en continuar comiendo animales— de que a los animales no les importa sus vidas; de que ellos no tienen interés en seguir viviendo, sino que solamente tienen interés en no sufrir.

¿Por qué pensaría Bentham semejante tontería 200 años atrás? ¿Por qué Singer y tantos de nosotros piensan tal cosa ahora?

Parte de nuestra cultura convencional respecto de los animales es que ellos ocupan un “presente eterno,” que no tienen memoria del pasado o pensamientos acerca del futuro. Ellos no planean vacaciones o piensan acerca de ver una película este fin de semana o a cuál restaurante quieren ir a comer —o ser comidos— esta noche.

Algunos de nosotros que alguna vez hemos vivido con animales, seguramente reconocemos que esta posición está, de hecho, equivocada. Mi compañera y yo vivimos con cinco perros rescatados, y la noción de que ellos no son auto-conscientes ni tienen memoria y deseos futuros es tan absurda como la noción de que ellos no tienen colas. Todo lo que ustedes necesitan hacer es observarlos. Simplemente no hay modo de explicar su comportamiento sin atribuirles algún sentido de auto-consciencia.

Pero no nos atasquemos en el lío de tratar de determinar la naturaleza de la mente animal. Dado que nosotros somos los únicos animales que usamos la comunicación simbólica, probablemente nunca comprendamos realmente lo que es ser un murciélago o un pollo o una vaca o ningún otro animal. Supongamos que Bentham, Singer, o cualquier otro, estuviera en lo cierto: los animales son perceptivamente conscientes y pueden sufrir pero viven en un "eterno presente".

¿Y qué?

Hay humanos que tienen una forma de amnesia en la que tienen un sentido de sí mismos situado sólo en el presente. No tienen memoria y no piensan acerca del futuro. ¿Tal condición es moralmente relevante? Puede ser. Puede que no lo vayamos a querer como profesor de historia. Pero, ¿diríamos que tal persona no tiene ningún interés en continuar viviendo y que esa muerte no es un daño para esa persona? Sin duda que no.

Entonces, ¿por qué decimos eso respecto de los demás animales? La breve respuesta: porque queremos continuar comiendo cuerpos de animales y productos animales y no tenemos ningún interés en comer humanos con amnesia. Nos decimos a nosotros mismos que la muerte no es un daño y el truco es hacerlo todo “humanitariamente.” Pero no podemos hacerlo “humanitariamente” y, en cualquier caso, la muerte es un daño que no deberíamos imponer —sin importar cuán “humanitario” sea nuestro tratamiento y método de ejecución— si no tenemos una buena razón.

El placer no es una buena razón. Eso es por lo que nos disgustamos con Michael Vick. Y eso es por lo que es tiempo de ir más allá del “campo libre” y la propaganda de los productos animales, y ver que simplemente no podemos justificar el uso de animales para comida.

Por un lado, esta es una conclusión radical. Por otro lado, no es radical en absoluto; fluye de las ideas morales que ya hemos afirmado aceptar. Lo notable es que una especie que se enorgullece de su racionalidad ha permitido el deseo de comer animales, y que los alimentos animales nublen nuestro juicio hasta el punto donde podemos criticar —e incluso odiar— a Michael Vick, y no ver que él realmente no es diferente del resto de nosotros.

El asunto de Vick no responde, por supuesto, las preguntas acerca de la moralidad del uso de los animales cuando la razón para tal uso no es meramente placer, diversión o conveniencia. Pero lo único que entra en esa categoría es el uso de animales para experimentos diseñados para encontrar cura a enfermedades humanas graves. Aunque rechazo totalmente cualquier uso de animales en vivisección, este tema al menos presenta una fina cuestión más complicada. Pero nuestros otros usos de los animales, incluyendo el uso para comida, nuestro uso numéricamente más significativo, son todos, como el uso de los perros para peleas de Vick, obviamente frívolo.


2 de agosto de 2007

Una observación acerca de Michael Vick




Los medios han hecho una extraordinaria cobertura del supuesto funcionamiento de peleas de perros patrocinado por Michael Vick, jugador del Atlanta Falcons.

Vick y otros tres hombres fueron acusados por violación de leyes criminales federales, alegando que Vick había patrocinado peleas de perros ilegales, que apostó en las peleas y que permitió actos de crueldad contra los animales en su propiedad.

Los programas televisivos se llenaron de entrevistas realizadas a miembros de las “asociaciones humanitarias”, condenando las peleas de perros y exigiendo que Vick sea condenado, si realmente era culpable. Nike y Reebok suspendieron la venta de sus productos respaldados por Vick.

Por favor, que quede bien claro: pienso que las peleas de perros son una cosa terrible.

Pero debo decir que el caso de Vick está más bien demostrando, de manera dramática, lo que llamo nuestra “esquizofrenia moral” respecto de los animales. Esto es, si una cosa es clara, es que no podemos pensar claramente acerca de nuestras obligaciones morales hacia los animales.

Tan sólo en este país, matamos más de diez mil millones de animales terrestres para comida, anualmente. Los animales que comemos —incluso aquéllos criados supuestamente en forma “humanitaria”— sufren tanto como los perros que son usados en las peleas. No tenemos ninguna “necesidad” de comer carne, lácteos, o huevos. De hecho, esas comidas están cada vez más asociadas a varias enfermedades humanas, y la cría de animales para comida es un desastre medioambiental para el planeta. Nosotros les imponemos dolor, sufrimiento y muerte a esos billones de no humanos sintientes porque disfrutamos al comer sus carnes y los productos que hacemos a partir de ellos.

Hay algo indudablemente bizarro en el hecho de condenar a Michael Vick por usar perros en una forma repugnante de entretenimiento, cuando el 99 por ciento de nosotros también usa animales que son, en todo, tan sintientes como los perros, en otra forma repugnante de entretenimiento que no es más justificable que las peleas de perros: comer animales y productos de origen animal.

Hay algo indudablemente bizarro en el hecho de que muchos “amantes de los animales” coman carnes que portan la etiqueta “Certified Humane Raised and Handled“ respaldada por The Humane Society of the United States (HSUS), mientras la HSUS nos dice lo malo que es Michael Vick.

HSUS y PeTA están exigiendo que Vick sea suspendido de la liga de fútbol NFL. Hasta donde sé, ninguna organización exigió que Michael Jordan sea suspendido de la liga de la NBA por haber promovido las salchichas Ball Park Franks.

Hay algo indudablemente bizarro en el hecho de que Reebok y Nike, que usan cuero para fabricar zapatos, suspendan los productos respaldados por Vick. Esas empresas no van a permitir que un tipo que supuestamente tortura perros, respalde productos que contienen vacas torturadas.

En mi libro «Introducción a los Derechos Animales» presenté a Simón el sádico, a quien le daba placer torturar perros quemándolos con un soplete. Todos consideraríamos monstruosa tal conducta porque todos concordamos en que está mal infligir sufrimiento “innecesario” a los animales. Y el placer, el entretenimiento, y la conveniencia no pueden encuadrarse dentro del requisito de la “necesidad”.

Pero entonces yo hice la siguiente pregunta: ¿en qué somos diferentes de Simón, los que comemos carne y productos animales? Él disfruta quemando perros con un soplete, nosotros disfrutamos el sabor de la carne y los productos animales. Pero tanto nosotros como Simón matamos a seres sintientes —aunque podamos pagar a otros para hacer el trabajo sucio— porque eso nos permite obtener placer.

De acuerdo a los informes, las autoridades retiraron de la propiedad de Vick un “soporte para violación” usado para sujetar a los perras para cruzarlas. Y “soportes de violación” son también usados para sujetar a las vacas para la inseminación. Cuando se trata de una perra, quedamos perturbados; cuando se trata de una vaca, lo ignoramos.

Michael Vick puede disfrutar mirando peleas de perros; alguien más puede encontrar eso repulsivo pero no ve nada malo en el hecho de comer un animal que ha tenido una vida tan llena de dolor y sufrimiento como las vidas de los perros de pelea. Es extraño que consideremos a la segunda persona diferente de la primera, o incluso superior a ella. La gente que grita en torno a la arena de pelea, ¿en qué es diferente del grupo que ríe alrededor de la parrillada veraniega?

Todos nosotros somos Simón. Todos nosotros somos Michael Vick.

Háganse veganos.


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