6 de abril de 2011

Lo que Michael Vick nos enseñó



Lo que sigue es una versión editada del texto de mi presentación en Hobart y William Smith Colleges, el 31 de marzo de 2011, como Conferencista Distinguido Foster P. Boswell en Filosofía del 2011.

LO QUE MICHAEL VICK NOS ENSEÑÓ


¿Recuerdan a Michael Vick?

¿Recuerdan toda la conmoción con el quarterback del Atlanta Falcons, Michael Vick, y su participación en un operativo con peleas de perros, en una propiedad que él tenía en Virginia?

Por supuesto que la recuerdan.

Mejor sería preguntar si hay alguien en el planeta que no recuerde este asunto, que fue cubierto por los medios sin cesar durante semanas, desde que apareció en 2007 y, nuevamente, cuando Vick salió de prisión en el 2009 y firmó con el equipo Philadelphia Eagles. Vick continúa estando en las noticias regularmente. En marzo de 2011, llegó a ser reconocido como un “héroe” por una organización de arte en Virginia, y hubo tal controversia acerca de la cuestión que Vick no asistió a la ceremonia. Las personas realmente estaban furiosas con Vick y muchas aún lo están. Hay fanáticos del fútbol americano que boicotean a los Eagles por causa de Vick.

¿Por qué?

La respuesta es simple: porque Vick hizo una barbaridad; hizo sufrir y morir a perros por ninguna buena razón. Vick puede haber disfrutado del “deporte” de las peleas de perros, pero eso simplemente no fue una razón suficientemente buena para lo que él hizo.

¿Por qué no?

De nuevo, la respuesta es simple. Aunque hay un enorme desacuerdo respecto de los temas morales, nadie está en desacuerdo con la noción de que es erróneo infligir sufrimiento o muerte innecesarios a un humano o a un animal. Necesitamos una buena razón para infligir sufrimiento o muerte a un humano o a un animal. Podemos estar en desacuerdo respecto de si existe necesidad en una situación dada y de lo que constituye una buena razón, pero todos concordaríamos en que el disfrute o el placer no pueden constituir necesidad o servir como una buena razón. Es parte de nuestra sabiduría moral convencional.

Consideren un ejemplo en el contexto humano. Si una persona dijo que cree que es moralmente erróneo infligir sufrimiento innecesario a los niños pero que pegar a los niños por placer es moralmente aceptable, estaríamos comprensiblemente confundidos. Si el disfrute puede bastar como una buena razón para pegar a los niños, entonces no hay ninguna mala razón para pegar a los niños. El principio de que está mal infligir sufrimiento innecesario en los niños no significaría nada.

El mismo análisis se aplicaría si habláramos de alguien que le pega a un perro en vez de pegar a un niño. Nadie discreparía en que pegar a un perro por placer es moralmente equivocado. Y esto es precisamente la razón por la que todos objetamos lo que hizo Michael Vick; él no tiene una buena razón para hacer lo que hizo.

Bien, todos somos Michael Vick

El problema es que comer animales, como cuestión de análisis moral, no es diferente de las peleas de perros.

Matamos y comemos más de 56 mil millones de animales por año en el mundo, sin contar a los peces. Nadie duda de que usar animales para comida conlleva sufrimiento; incluso bajo las mejores y más “humanitarias” circunstancias, conlleva sufrimiento y muerte. Así que apliquemos el análisis con el que todos concordábamos recién sin controversia: ¿tenemos una buena razón para este sufrimiento y muerte? ¿Hay algo que, de forma convincente, pueda ser considerado como una necesidad?

La respuesta breve es: no.

No necesitamos comer animales. Nadie sostiene que es fisiológicamente necesario comer productos animales. La prestigiosa American Dietetic Association reconoce que las dietas veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden proveer beneficios a la salud en la prevención y tratamiento de ciertas enfermedades.

Los médicos de la corriente mayoritaria señalan, cada vez con más frecuencia, que los productos animales son perjudiciales para la salud humana. Pero tanto si ustedes concuerdan o no con ellos, ciertamente no hay ningún argumento que sostenga que los productos animales son necesarios para una óptima salud.

La FAO sostiene que la cría de animales para comida contribuye más a la emisión de gas de efecto invernadero en la atmósfera —lo cual está relacionado con el calentamiento global—, que la combustión de petróleo para el transporte. La cría de animales para comida es responsable de la contaminación del agua, la deforestación, la erosión del suelo, y toda una suerte de desgraciadas consecuencias medioambientales. De nuevo, ustedes pueden cuestionar todo esto, pero ni el más loco negador del calentamiento global diría que la cría de animales para comida está haciendo algo bueno para el medioambiente.

Así que, finalmente, ¿cuál es la mejor justificación que tenemos para imponer sufrimiento y muerte a 56 mil millones de animales por año para comida?

La respuesta: ellos tienen buen sabor. Disfrutamos el sabor del cuerpo y de los productos animales. Encontramos que comer alimentos animales es conveniente. No hay nada en esto que se asemeje remotamente a la necesidad.

¿En qué es esto diferente de Michael Vick?

La respuesta: no es diferente. A Vick le gustaba sentarse alrededor del reñidero a ver pelearse a los animales. Al resto de nosotros nos gusta sentarnos alrededor de la parrilla donde se asan los cuerpos de animales que han sido tratados tan mal, sino peor, que los perros de Vick.

En el 2009, cuando Vick firmó con los Eagles, alguien me dijo que, aunque era un gran fanático de los Eagles y continuaría asistiendo a sus partidos, él ya nunca podría disfrutar mirando jugar a Vick debido al tema de las peleas de perros. Le pregunté si comía salchichas y hamburguesas cuando asistía a los partidos de fútbol. Me contestó que sí. Le señalé que los animales usados para hacer los productos que él disfrutaba tenían vidas y muertes tan malas como las de los perros de Vick.

Él no tuvo una respuesta porque realmente no hay nada que decir.

No funciona afirmar que Vick participó directamente en peleas de perros y que nosotros simplemente compramos productos en los negocios; que disfrutamos el resultado del sufrimiento y muerte de los animales, pero que, a diferencia de Vick, no disfrutamos del proceso real del sufrimiento y la muerte. Como cualquier estudiante de primer año de derecho les dirá, si Mike tiene una aversión a la violencia pero quiere que Joe muera y contrata a Sally para que apriete el gatillo, Mike sigue siendo culpable de asesinato. El hecho de que paguemos a otros para imponer sufrimiento y muerte a los animales no nos saca del aprieto moral más que lo que lo haría del aprieto legal.

No funciona decir que comer animales es una tradición. Las peleas de perros son una tradición también. Y, por cierto, lo mismo es el sexismo, el racismo, y lo mismo respecto de cualquier otra forma de discriminación. La tradición, como el placer, es una razón inadecuada para imponer daño a cualquier otro.

Pero somos una sociedad “humanitaria”, ¿verdad?

Entonces, ¿qué es lo equivocado? ¿Por qué continuamos participando en la imposición de sufrimiento y muerte a miles de millones de animales cuando no tenemos una buena razón para hacerlo?

Una buena parte de la respuesta es que, debido a que queremos continuar consumiendo productos animales, nos engañamos a nosotros mismos al pensar que la solución al problema moral no requiere que dejemos de comer animales; que sólo requiere que los tratemos y matemos de una manera “humanitaria.”

Esta opinión data de unos 200 años atrás, cuando los reformadores sociales británicos, tales como el filósofo y abogado Jeremy Bentham, argumentaron que nuestras obligaciones morales para con los animales no dependían de si ellos eran racionales, de si podían hablar o tener otras características “especiales” que pudiéramos considerar como exclusivas de los humanos. Más bien, la única cosa que importaba era que los animales podían sufrir y que nadie –con la posible excepción de Descartes− dudaba de que los animales eran sintientes, o perceptualmente conscientes, y podían, verdaderamente, sufrir. Bentham argumentó que, debido a que los animales podían sufrir, teníamos una obligación directa hacia los animales de dar peso moral a ese sufrimiento.

Bentham no dudó en absoluto de que los animales que usamos para comida sufrían muchísimo. Sin embargo, él no abogó para que dejáramos de comer animales. ¿Por qué? Porque, de acuerdo con Bentham, los animales no son auto-conscientes; no les importa si los matamos y comemos o usamos para leche, huevos,.... A ellos simplemente les importa cómo los tratamos mientras están vivos, y cómo los matamos cuando llega el momento y de esta manera, no era necesario detener el uso de animales; sólo era necesario tratarlos razonablemente bien.

Y así nació el movimiento de bienestar animal, cuya premisa central es que es moralmente aceptable para nosotros el uso de los animales siempre y cuando los tratemos “humanitariamente” y no les impongamos un sufrimiento “innecesario.” Este sentimiento moral pronto encontró expresión en las leyes anti-crueldad a ambos lados del Atlántico y, eventualmente, en la mayor parte del mundo.

Y la mayoría de nosotros estamos enquistados en este paradigma decimonónico: reconocemos que nuestro uso de los animales suscita profundos problemas morales, pero nos confortamos con el pensamiento de que tratamos a los animales “humanitariamente,” así el uso que hacemos de ellos es moralmente aceptable.

Sin embargo, hay al menos dos serios problemas con este punto de vista.

Tratamiento “humanitario”: Torturando a los animales amablemente

El primer problema es que el enfoque del bienestar animal simplemente no funciona como una cuestión empírica. Dada la realidad económica, esto no puede funcionar.

Los animales son propiedad. Son considerados cosas. Y todo el sentido de ser una cosa reside en que las mismas no pueden tener valor inherente o intrínseco. Los animales son mercancías; tienen un valor de mercado. La propiedad sobre los animales es, por supuesto, diferente de otras cosas que poseemos en el sentido de que los animales, a diferencia de los autos, las computadoras, las máquinas u otras mercaderías, son seres sintientes y tienen intereses. Todos los seres sintientes tienen intereses en no sufrir dolor u otras privaciones y en satisfacer esos intereses, que son específicos para cada especie. Pero proteger los intereses de los animales cuesta dinero. En general, gastamos dinero para proteger los intereses de los animales sólo cuando está justificado hacerlo por una cuestión económica —sólo cuando se deriva un beneficio económico de hacerlo.

Consideren la Humane Slaughter Act [Ley de Matanza Humanitaria] de los EE.UU., promulgada originalmente en 1958, la cual requiere que los animales de gran tamaño matados para comida, sean aturdidos y no estén conscientes cuando son engrillados, alzados y tomados del suelo de matanza. Esta ley protege los intereses que tienen los animales al momento de la matanza, pero lo hace así, en gran medida, porque es económicamente beneficioso hacerlo. Los animales de tamaño grande que están conscientes y colgando hacia abajo, y que son destrozados mientras son matados, causarán heridas a los trabajadores de los mataderos, y acarrearán daños costosos a los cadáveres. Por lo tanto, aturdir a los animales grandes es económicamente muy comprensible. Estos animales tienen muchos otros intereses a lo largo de sus vidas, incluyendo el interés en evitar el dolor y el sufrimiento en muchos otros momentos además del momento de la matanza, pero estos intereses no son protegidos porque no es económicamente eficiente hacerlo.

Virtualmente, todas las leyes de bienestar animal encajan en este paradigma. Protegen intereses animales seleccionados y el efecto de proteger estos intereses es hacer que la producción sea más eficiente.

Las leyes anti-crueldad, supuestamente, exigen el tratamiento “humanitario”, pero estas leyes, generalmente, no eximen, explícitamente, lo que se considera como práctica “normal” o “acostumbrada” del uso institucionalizado de los animales o, si las prácticas no son eximidas, los tribunales interpretan como “necesarios” y “humanitarios.” al dolor y la muerte impuestos según esas prácticas. Esto es, la ley delega en la industria la determinación del cuidado “humanitario” estándar. Esta deferencia está basada en la asunción de que aquéllos que producen productos animales —desde los criadores a los granjeros hasta los trabajadores de los mataderos— no impondrán más daño a los animales que lo que exija producir un determinado producto, de la misma manera que un dueño racional de un auto no tomaría un martillo para abollar su auto sin razón alguna.

El resultado es que el nivel de protección para los intereses de los animales está ligado a lo que se requiere para explotar a los animales de un modo económicamente eficiente. Las normas de bienestar animal generalmente incrementan la eficiencia de la producción y no la disminuyen, dado que protegemos sólo esos intereses que producen beneficios económicos.

Las normas de bienestar animal, de hecho, han fracasado dramáticamente en las décadas recientes. Estamos usando hoy más animales y estamos tratándolos peor que en ninguna otra época. La idílica granja familiar —donde, por cierto, hay muchísimo dolor y sufrimiento— se ha desvanecido, y ha sido reemplazada por la cría intensiva –“granjas industriales”− donde las vacas, los cerdos, los pollos y los peces son mantenidos en condiciones de hacinamiento, sujetos a confinamiento y mutilaciones graves, y donde llevan generalmente vidas miserables desde el momento en que nacen hasta el que mueren.

Pero el movimiento de los “derechos animales”, en vez de focalizar en el simple hecho moral de que usar animales para comida es totalmente inconsistente con lo que decimos que creemos acerca de nuestras obligaciones morales hacia los animales, adoptó con entusiasmo la posición de Bentham de que a los animales no les importa que los usemos, sino que sólo les importa cómo los usemos y que la solución es simplemente hacer mejores normas de bienestar animal.

El filósofo australiano Peter Singer, autor de «Liberación Animal», considerado por muchos como el “padre del movimiento de los derechos animales”, es también el patriarca de otro movimiento: el movimiento de la carne y los productos animales “felices”. Singer, al igual que Bentham, sostiene que la mayoría de los animales no tienen interés en continuar viviendo, y que es moralmente aceptable matarlos siempre y cuando lo hagamos en un modo relativamente indoloro. Singer critica las granjas industriales y argumenta que deberíamos mejorar las normas de bienestar animal, de manera de criar animales de un modo razonablemente placentero y matarlos de una manera relativamente indolora.

Escritores populares como Jonathan Safran Foer, Michael Pollan y una interminable desfile de celebridades y medioambientalistas se unen a Singer condenando las granjas industriales y exigiendo jaulas más grandes, condiciones de “campo libre”, y lo que son, en el grandioso orden de las cosas, modificaciones mínimas de un proceso más horrible.

Las grandes organizaciones de bienestar animal promueven varias etiquetas de carne “feliz”, lo cual supuestamente garantiza que los animales cuyos cuerpos o productos tienen una etiqueta determinada, fueron tratados mejor. Estas organizaciones animalistas se asocian con los grandes explotadores institucionales de los animales, y hacen campaña para someter a votación iniciativas que requieren que en un determinado momento, en el futuro lejano, los animales consigan un poquito más de espacio en sus atestadas prisiones, o consigan algún otro supuesto beneficio de bienestar que, en muchos casos, resultará, de hecho, en un beneficio económico para sus productores.

Los animales más “humanitariamente” criados son tratados y matados en circunstancias que constituirían tortura si se tratara de humanos. Las regulaciones requeridas para conseguir certificaciones “felices” son insignificantes; son análogas a los requerimientos de almohadillas para la simulación de ahogo en Guantánamo, o paredes pintadas muy lindas o música agradable en una cámara de tortura. Hay poca diferencia entre las jaulas en batería convencionales y los huevos provenientes de “jaulas libres”, donde miles de aves son, de hecho, hacinadas en una gran jaula. Y las compañías que han sido certificadas por el uso de al menos una etiqueta “feliz”, ya han sido descubiertas por violar incluso estas mínimas normas de certificación.

Todo esta conversación acerca de los productos animales “felices” es acerca de nosotros; se trata de evitar que nosotros nos demos cuenta de que todos somos Michael Vick. Pero realmente no tiene nada que ver con los animales. Ellos continúan sufriendo horriblemente, independientemente de qué etiqueta “feliz” esté puesta encima de sus cuerpos o de los productos que hacemos con ellos. La afirmación de Singer y otros defensores de animales de que es moralmente aceptable consumir carne o huevos o leche “felices” es el equivalente moderno de vender indulgencias.

Ciertamente, es posible en teoría que todos podríamos estar dispuestos a pagar mucho más por los productos animales, y que las normas podrían mejorar de modos significativos. Pero eso es sólo teoría. Muy pocas personas podrían afrontar el precio de los productos animales que fueran producidos de un modo que proveyera significativamente más protección a los intereses de los animales, y cualquiera que se preocupara lo suficiente como para pagar ese costo significativamente más alto, se preocuparía probablemente lo suficiente como para no comer ningún producto animal en absoluto.

Más aún, dada la realidad económica y las reglas del “libre” comercio, incluso si las normas bienestaristas se alcanzaran significativamente en un lugar, la demanda por los productos de menor costo, de menor grado de bienestar animal, forzarían a los productores de normas de más alto grado de bienestar a salir del negocio, excepto, quizás, para servir a un muy pequeño y acomodado nicho de mercado. La realidad es que, dado que los animales son propiedad, las regulaciones bienestaristas necesariamente permanecerán muy abajo. Y dado que continuamos con nuestro uso institucional de los animales para comida, ellos deben permanecer como propiedad.

Comer gente con amnesia

El segundo problema con la posición del bienestar animal es que se apoya en la noción —que todos de inmediato reconoceríamos como completamente absurda si no estuviéramos tan comprometidos en continuar comiendo animales— de que a los animales no les importa sus vidas; de que ellos no tienen interés en seguir viviendo, sino que solamente tienen interés en no sufrir.

¿Por qué pensaría Bentham semejante tontería 200 años atrás? ¿Por qué Singer y tantos de nosotros piensan tal cosa ahora?

Parte de nuestra cultura convencional respecto de los animales es que ellos ocupan un “presente eterno,” que no tienen memoria del pasado o pensamientos acerca del futuro. Ellos no planean vacaciones o piensan acerca de ver una película este fin de semana o a cuál restaurante quieren ir a comer —o ser comidos— esta noche.

Algunos de nosotros que alguna vez hemos vivido con animales, seguramente reconocemos que esta posición está, de hecho, equivocada. Mi compañera y yo vivimos con cinco perros rescatados, y la noción de que ellos no son auto-conscientes ni tienen memoria y deseos futuros es tan absurda como la noción de que ellos no tienen colas. Todo lo que ustedes necesitan hacer es observarlos. Simplemente no hay modo de explicar su comportamiento sin atribuirles algún sentido de auto-consciencia.

Pero no nos atasquemos en el lío de tratar de determinar la naturaleza de la mente animal. Dado que nosotros somos los únicos animales que usamos la comunicación simbólica, probablemente nunca comprendamos realmente lo que es ser un murciélago o un pollo o una vaca o ningún otro animal. Asumamos que Bentham, Singer y cualquier otro está en lo cierto: los animales son perceptivamente conscientes y pueden sufrir pero viven en un “eterno presente.”

¿Y qué?

Hay humanos que tienen una forma de amnesia en la que tienen un sentido de sí mismos situado sólo en el presente. No tienen memoria y no piensan acerca del futuro. ¿Tal condición es moralmente relevante? Puede ser. Puede que no lo vayamos a querer como profesor de historia. Pero, ¿diríamos que tal persona no tiene ningún interés en continuar viviendo y que esa muerte no es un daño para esa persona? Sin duda que no.

Entonces, ¿por qué decimos eso respecto de los demás animales? La breve respuesta: porque queremos continuar comiendo cuerpos de animales y productos animales y no tenemos ningún interés en comer humanos con amnesia. Nos decimos a nosotros mismos que la muerte no es un daño y el truco es hacerlo todo “humanitariamente.” Pero no podemos hacerlo “humanitariamente” y, en cualquier caso, la muerte es un daño que no deberíamos imponer —sin importar cuán “humanitario” sea nuestro tratamiento y método de ejecución— si no tenemos una buena razón.

El placer no es una buena razón. Eso es por lo que nos disgustamos con Michael Vick. Y eso es por lo que es tiempo de ir más allá del “campo libre” y la propaganda de los productos animales, y ver que simplemente no podemos justificar el uso de animales para comida.

Por un lado, esta es una conclusión radical. Por otro lado, no es radical en absoluto; fluye de las ideas morales que ya hemos afirmado aceptar. Lo notable es que una especie que se enorgullece de su racionalidad ha permitido el deseo de comer animales, y que los alimentos animales nublen nuestro juicio hasta el punto donde podemos criticar —e incluso odiar— a Michael Vick, y no ver que él realmente no es diferente del resto de nosotros.

El asunto de Vick no responde, por supuesto, las preguntas acerca de la moralidad del uso de los animales cuando la razón para tal uso no es meramente placer, diversión o conveniencia. Pero lo único que entra en esa categoría es el uso de animales para experimentos diseñados para encontrar cura a enfermedades humanas graves. Aunque rechazo totalmente cualquier uso de animales en vivisección, este tema al menos presenta una fina cuestión más complicada. Pero nuestros otros usos de los animales, incluyendo el uso para comida, nuestro uso numéricamente más significativo, son todos, como el uso de los perros para peleas de Vick, obviamente frívolo.


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