4 de octubre de 2014

Andre Robinson, el gato King y nuestro confuso pensamiento sobre la ética



Andre Robinson pateó a un gato callejero en Brooklyn. Alguien lo grabó en vídeo. Robinson fue arrestado. El gato, al que nombraron King, fue rescatado y adoptado. El fiscal del distrito de Brooklyn ha anunciado su intención de acusar a Robinson por crueldad hacia los animales. Ahora, mucha gente pide que sea encarcelado y las invectivas que le dedican por las redes sociales son bastante intensas por decirlo de alguna manera.

Las reacciones ante lo que hizo Robinson es comprensible y estimable. Es poco menos que terrible que alguien le haga daño a un animal inocente. Después de todo, estamos de acuerdo en que está moralmente erróneo infligir sufrimiento innecesario a los animales. Aunque podemos disentir acerca de cuándo es necesario imponer sufrimiento y muerte a los animales, todos estamos de acuerdo en que el placer que obtuvo Robinson al patear a un gato no constituye necesidad.

¿O quizás sí?

Matamos y comemos a más de 58 mil millones de animales en todo el mundo, sin contar a los peces. No necesitamos comer animales. Nadie mantiene que es necesario para una salud humana óptima. La conservadora  American Dietetic Association reconoce que:
«Las dietas vegetarianas adecuadamente planificadas, incluidas las dietas totalmente vegetarianas o veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y en el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital, incluyendo el embarazo, la lactancia, la infancia, la niñez y la adolescencia, así como para deportistas.»
La ganadería es un desastre ecológico. Se necesitan mucho más kilos de plantas y muchos más litros de agua para producir productos animales que para producir productos vegetales. La ganadería es la mayor causa de calentamiento global y es responsable de contaminación, deforestación y erosión del suelo.

Y los animales que consumimos de comida —incluyendo aquellos supuestamente tratados de forma "humanitaria" para ser convertidos en productos de supermercado— son víctimas de sufrimiento y muerte. De hecho, los animales que consumimos para comida sufren tanto —si no más— que aquel gato al que Robinson pateó tan cruelmente.

La única excusa que podemos alegar para ese sufrimiento es el placer de nuestro paladar. Disfrutamos comiendo animales; es una costumbre adquirida. Pero no hay necesidad que justifique causar ese sufrimiento y muerte.

Por tanto, ¿somos diferentes de Andre Robinson?

No lo somos.

No hay distinción moralmente coherente entre el pequeño gato y el pollo o el cerdo o la vaca o el pez que la mayoría comerá hoy.

El FBI ha anunciado que perseguirá el "abuso animal" como un crimen singular; el departamento de policía de Nueva York ha decidido actuar ante las denuncias de "abuso hacia los animales", y el fiscal del distrito está usando el caso como aviso para "los tipos que piensan que pueden abusar de cualquier animal".

Todo esto es muy estimable pero es absurdo. Somos una sociedad que abusa de billones de animales sin ninguna razón que lo justifique. Nos excusamos a nosotros mismos pretendiendo que gente como Robinson son "abusadores" y que el resto de nosotros somos "humanitarios" y nos preocupamos por los animales.

Hacemos esto de forma insistente. ¿Recuerdan al jugador de fútbol Michael Vick? La gente le odia por organizar peleas de perros. A Vick le gustaba reunirse con otros para disfrutar viendo a unos perros luchar entre sí. El resto de nosotros nos gustar reunirnos alrededor de una barbacoa para asar los cuerpos de animales que sufrieron igual que los perros de Vick. ¿Se acuerdan de Kisha Curtis que se ganó una repulsa internacional por desnutrir y abandonar a su perro, Patrick, en un basurero? Patrick es todavía el símbolo de quienes exigen que el "abuso animal" sea perseguido de forma más contundente.

Todos estos sucesos tuvieran como respuesta una reacción abrumadora y gran parte de ella incluía expresiones racistas, al igual que sucede cuando se habla sobre el consumo de perros y gatos en China o Corea, o la matanza de delfines en Japón, que provocan comentarios sobre lo bárbara que es "esa gente" —dichos por personas que no tienen problema en explotar a cerdos, vacas, pollos y peces.

Y cada día, en los centros de control de animales, son matados animales con la excusa de "controlar la sobrepoblación".

El caso de Robinson nos presenta la oportunidad de revisar nuestras ideas fundamentales sobre la ética en la relación con los otros animales. De otra manera, esto no sería más que una fetichismo de perros y gatos, o una demonización de aquellos que arbitrariamente catalogamos como "bárbaros".


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